Primero un concierto imposible era visto desde el aire sobre un campo verde conjugando una tragedia. La tragedia de un secreto marcado por la ignominia: la amenaza de un cargamento asesino entre los muros enmohecidos e iluminados por fluorescentes parpadeantes. Los mismos muros que eran refugio y testigo del abandono de los extraños marginados que protegían a sus niños de las hormigas, y cantaban himnos mientras cosechaban su cena contaminada.
Mi vuelo rasante me sirvió para huir antes de despertar, pero no ahuyentó la imagen amarillenta del fin del mundo.




